El Tulipan Negro
El Tulipan Negro -¡Pues bien, Rosa! En diez horas ese muchacho puede estar en Haarlem; me daréis un lápiz y un papel, mejor aún serÃa una pluma y tinta, y escribiré, o más bien, escribiréis vos. En mÃ, pobre prisionero, tal vez verÃan, como ve vuestro padre, una conspiración en todo esto: Escribiréis al presidente de la Sociedad HortÃcola y, estoy seguro que el presidente vendrá.
-Pero, ¿y si tarda?
-Suponed que tarde un dÃa, hasta dos; pero esto es imposible, un aficionado a los tulipanes como él no tardará ni una hora, ni un minuto, ni un segundo en ponerse en camino para ver la octava maravilla del mundo. Pero, como decÃa, tarde un dÃa, tarde dos, el tulipán estará todavÃa en todo su esplendor. Una vez visto el tulipán por el presidente, y todo quede dicho en el atestado dirigido por él, guardaréis una copia de ese atestado, Rosa, y le confiaréis el tulipán. ¡Ah! Si hubiésemos podido llevarlo nosotros mismos, Rosa, no habrÃa abandonado mis brazos más que para pasar a los vuestros; pero esto es una ilusión en la que no hay que soñar -continuó Cornelius suspirando-. Otros ojos lo verán marchitarse. ¡Oh! Sobre todo, Rosa, antes de que lo vea el presidente, no lo dejéis ver a nadie. ¡El tulipán negro, buen Dios! ¡Si alguien viera el tulipán negro, lo robarÃa… ! Oh!