El Tulipan Negro
El Tulipan Negro -Sí -afirmó Rosa apoyándose contra la puerta para no caer-. Sí, cogido, robado.
Y, muy a su pesar, las piernas le fallaron, se deslizó y cayó de rodillas.
-Pero ¿cómo ha ocurrido? -preguntó Cornelius-. Decidme, explicadme.
-¡Oh! No ha sido por mi culpa, amigo mío.
Pobre Rosa; no se atrevía a decir «mi bienamado».
-¡Lo habéis dejado solo! -la acusó Cornelius con un acento lamentable.
-Un solo instante, para ir a prevenir al mensajero que vive apenas a cincuenta pasos de aquí, a orillas del Waal.
-Y durante ese tiempo, a pesar de mis recomendaciones, habéis dejado la llave en la puerta, ¡desventurada!
-No, no, no, y eso es lo raro. No he abandonado la llave ni un instante; la he tenido constantemente en la mano, apretándola como si tuviera miedo de que se me escapara.
-Pero, entonces, ¿cómo ha ocurrido?