El Tulipan Negro
El Tulipan Negro No. Había visto la víspera y la antevíspera demasiado furor y malignidad en los ojos del viejo Gryphus para que su vigilancia se descuidara un momento, y luego, además de la reclusión, además de la ausencia, ¿no iría a sufrir ella tormentos peores todavía? Ese bruto, ese mal bicho, ese borracho, ¿no se vengaría a la manera de los padres de las tragedias griegas? Cuando la ginebra se le subiera a la cabeza, ¿no daría a su brazo, tan bien arreglado por Cornelius, el vigor de dos brazos y un garrote?
Esta idea, la de que Rosa fuera tal vez maltratada, exasperaba a Cornelius.
Sentía entonces su inutilidad, su impotencia, su nulidad. Se preguntaba si Dios era realmente justo al enviar tantos males a dos criaturas inocentes. Y ciertamente, en esos momentos, dudaba. La desgracia no produce credulidad.
Van Baerle se había forjado el proyecto de escribir a Rosa. Pero ¿dónde estaba Rosa?
Había concebido la idea de escribir a La Haya para prevenir las nuevas tormentas que sin duda Gryphus quería amontonar sobre su cabeza con una denuncia.
Mas ¿con qué escribir? Gryphus le había quitado el lápiz y el papel. Por otra parte, aunque los tuviera, no sería evidentemente Gryphus quien se encargaría de su carta.