El Tulipan Negro

El Tulipan Negro

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El cuchillo cayó a tierra, y Cornelius apoyó su pie encima.

Luego, como Gryphus parecía dispuesto a entablar una lucha a la que el dolor del garrotazo y la vergüenza de haber sido desarmado dos veces habrían convertido en implacable, Cornelius tomó una gran decisión.

Arrolló a golpes a su carcelero con una sangre fría de las más heroicas, escogiendo el lugar donde caía cada vez la terrible estaca.

Gryphus no tardó en pedir gracia.

Pero antes de pedir gracia, había gritado, y mucho; sus gritos habían sido oídos y habían puesto en conmoción a todos los empleados de la casa. Dos portallaves, un inspector y tres o cuatro guardias, aparecieron de repente y sorprendieron a Cornelius operando con el garrote en la mano, el cuchillo bajo el pie.

Ante el aspecto de todos estos testimonios de la fechoría que acababa de cometer, y cuyas circunstancias atenuantes, como se dice hoy en día, eran desconocidas, Cornelius se sintió perdido sin remedio.

En efecto, todas las apariencias se hallaban en su contra.

En un santiamén, Cornelius fue desarmado, y Gryphus, rodeado, levantado, sostenido, pudo contar, rugiendo de cólera, las magulladuras que hinchaban sus hombros y su espinazo, como otras tantas colinas salpicando la cima de una montaña.


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