El Tulipan Negro
El Tulipan Negro Había hallado que su sopa estaba demasiado caliente y se la había arrojado a la cabeza del jefe de los guardianes, el cual, a continuación de esta ablución, había tenido la desgracia de levantarse un trozo de piel del rostro al enjugarse.
Mathias, en doce horas, había sido sacado de su celda; luego, conducido a la oficina de la prisión donde había sido inscrito como salido de Loevestein.
Después, conducido a la explanada, desde donde la vista es muy hermosa y alcanza once leguas de extensión.
Allí le habían atado las manos; luego, vendado los ojos, recitando tres oraciones.
Después le habían invitado a hacer una genuflexión, y las guardias de Loevestein, en número de doce, a una señal del sargento, le habían alojado hábilmente cada uno una bala de mosquete en el cuerpo.
Aquel tal Mathias había muerto al instante.
Cornelius escuchó con la mayor atención este desagradable relato.
Luego, habiéndolo escuchado, exclamó:
-¡Ah! ¡Ah! ¿En doce horas, decís?
-Sí, la duodécima incluso ni siquiera había sonado aún, a lo que creo -dijo el narrador muy satisfecho.
-Gracias -repuso Cornelius.