El Tulipan Negro
El Tulipan Negro -Sea -murmuró bajando la cabeza-, cosas peores se le hicieron a Cristo, y por inocente que yo sea, no puedo compararme a Él. Cristo se habría dejado golpear por su carcelero y no le hubiera pegado.
Luego, volviéndose hacia el oficial, que parecía esperar complaciente a que acabara sus reflexiones, preguntó:
-Veamos, señor, ¿adónde me lleváis?
El oficial le señaló una carroza enganchada a cuatro caballos, que le recordó mucho a la carroza que en parecidas circunstancias había ya herido sus miradas en la Buytenhoff.
-Subid -ordenó.
-¡Ah! -murmuró Cornelius-. ¡Parece que no se me harán a mí los honores de la explanada!
Pronunció estas palabras en voz bastante alta para que el historiador que parecía agregado a su persona las oyera.
Éste creyó, sin duda, que era deber suyo darle nuevos informes a Cornelius, porque se acercó a la portezuela, y mientras el oficial, de pie sobre el estribo daba unas órdenes, le dijo por lo bajo:
-Hemos visto a condenados conducidos a su propia ciudad, y para que el ejemplo fuera más eficaz, sufrir allí el suplicio delante de la puerta de su propia casa. Esto depende.
Cornelius hizo un gesto de agradecimiento.