El Tulipan Negro

El Tulipan Negro

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En fin, ese gran día tan esperado del 15 de mayo de 1673 había llegado, y Haarlem entera, reforzada por sus alrededores, estaba alineada a lo largo de los bellos árboles del bosque con la resolución bien determinada de no aplaudir esta vez ni a los conquistadores de la guerra, ni a los de la ciencia, sino simplemente a los de la Naturaleza, que acababan de forzar a esta inagotable madre al alumbramiento, hasta entonces creído imposible, del tulipán negro.

Pero nada se conserva menos entre los pueblos que esta resolución de no aplaudir más que a tal o cual cosa. Cuando una ciudad está en trance de aplaudir, es como cuando se halla en trance de silbar: no se sabe nunca dónde se detendrá.

Aplaudió, pues, primero a Van Systens y a su ramo, aplaudió a sus corporaciones, se aplaudió ella misma; y en fin, con toda justicia esta vez, confesémoslo, aplaudió las excelentes melodías que los músicos de la ciudad prodigaban en cada alto.

Todos los ojos buscaban cerca de la heroína de la fiesta, que era la flor del tulipán negro, al héroe de la fiesta que, naturalmente, era el autor de este tulipán.

Ese héroe, apareciendo a continuación del discurso que hemos visto elaborar con tanto cuidado al bueno de Van Systens, ese héroe hubiera producido ciertamente más efecto que el mismo estatúder.


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