El Tulipan Negro

El Tulipan Negro

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De cuando en cuando, sin embargo, Boxtel separaba por un momento los ojos del tulipán y de la bolsa y miraba tímidamente al gentío, porque temía por encima de todo percibir en ese gentío la pálida figura de la bella frisona.

Sería un espectro, como se comprende, que turbaría su fiesta, ni más ni menos como el espectro de Banquo turbó el festín de Macbeth.

Y, apresurémonos a decirlo, ese miserable que había franqueado un muro que no era su muro, que había escalado una ventana para entrar en la casa de su vecino, que, con una falsa llave, había violado la habitación de Rosa, ese hombre, que había robado finalmente la gloria de un hombre y la dote de una mujer, ese hombre no se consideraba un ladrón.

Había velado tanto a este tulipán, lo había seguido tan ardientemente del cajón del secadero de Cornelius hasta el patíbulo de la Buytenhoff, del patíbulo de la Buytenhoff a la prisión de la fortaleza de Loevestein, lo había visto tan bien nacer y crecer sobre la ventana de Rosa, había calentado tantas veces el aire alrededor de él con su aliento, que nadie más que él era el autor; cualquiera que en este momento le quitara el tulipán negro, se lo robaría.

Pero no vio a Rosa.

Resultó así que la alegría de Boxtel no fue turbada.


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