El Tulipan Negro
El Tulipan Negro No intentó luchar, no intentó defenderse en absoluto: ofreció al príncipe ese espectáculo lindante a una candorosa desesperación, muy inteligible y muy emocionante para un corazón tan grande y para un espíritu tan amplio como el del que lo contemplaba.
-Permitid al prisionero que baje -dijo el estatúder- y que vaya a ver el tulipán negro, bien digno de ser visto, por lo menos, una vez.
-¡Oh! -exclamó Cornelius a punto de desvanecerse de alegría y tambaleándose sobre el estribo de la carroza-. ¡Oh, monseñor!
Y se sofocó; y sin el brazo del oficial que le prestó su apoyo, hubiera sido de rodillas y con la frente en el polvo como el pobre Cornelius hubiera dado las gracias a Su Alteza.
Dado este permiso, el príncipe continuó su camino por el bosque, en medio de las aclamaciones más entusiastas.
Llegó enseguida a su estrado, y el cañón tronó en las profundidades del horizonte.