El Tulipan Negro
El Tulipan Negro -Para ver el tulipán negro, monseñor -gritó Van Baerle, juntando las manos- y luego, cuando lo haya visto, cuando sepa lo que debo saber, moriré, si es preciso, pero al morir bendeciré a Vuestra Alteza misericordiosa, intermediaria entre la divinidad y yo; a Vuestra Alteza que permitirá que mi obra haya tenido un fin y su glorificación.
Era, en efecto, un curioso espectáculo éste de los dos hombres, cada uno a la portezuela de su carroza, rodeados de sus guardias; el uno poderoso, el otro miserable; el uno dispuesto a subir a su trono, el otro creyéndose a punto de subir al patíbulo.
Guillermo había mirado fríamente a Cornelius y escuchado su vehemente ruego.
Entonces, dirigiéndose al oficial, dijo:
-Ese hombre ¿es el prisionero rebelde que ha querido matar a su carcelero en Loevestein?
Cornelius lanzó un suspiro y bajó la cabeza. Su dulce y honrado rostro enrojeció y palideció a la vez.
Estas palabras del príncipe omnipotente, omnisciente, esta infalibilidad divina que, por algún mensajero secreto e invisible al resto de los hombres, conocía ya su crimen, le aseguraban no solamente la severidad del castigo, sino también una negativa.