El Tulipan Negro
El Tulipan Negro Guillermo, impasible y sencillo, como de costumbre, se dirigía a la plaza para cumplir con su deber de presidente. Tenía en la mano su rollo de vitela que, en esta jornada de fiesta, se había convertido en su bastón de mando.
Viendo a ese hombre que gesticulaba y suplicaba, reconociendo también quizá al oficial que acompañaba a ese hombre, el príncipe estatúder dio la orden de detenerse.
En el mismo instante, sus caballos estremeciéndose bajo sus corvejones de acero, hicieron alto a seis pasos de Van Baerle, encajado en su carroza.
-¿Qué es esto? -preguntó el príncipe al oficial que, a la primera orden del estatúder, había saltado del coche y se acercaba respetuosamente a él.
-Monseñor -contestó-, es el prisionero de Estado que, por vuestra orden, he ido a buscar a Loevestein, y que os lo traía a Haarlem, como Vuestra Alteza deseaba.
-¿Qué quiere?
-Pide con insistencia que se le permita detenerse un instante aquí.