El Tulipan Negro
El Tulipan Negro Y el oficial hizo un nuevo movimiento para ordenar al soldado que reemprendiera el camino.
Cornelius le detuvo una vez más.
-¡Oh! Sed paciente, sed generoso, toda mi vida descansa en un gesto de vuestra piedad. ¡Ay! Mi vida, señor, no será probablemente muy larga ahora. ¡Ah! Vos no sabéis lo que yo sufro; vos no sabéis todo lo que combate en mi cabeza y en mi corazón; porque en fin -continuó Cornelius con desesperación-, si fuera mi tulipán, si fuera el que le han robado a Rosa, ¡oh, señor! Comprendéis bien lo que es haber hallado el tulipán negro, haberlo visto un instante, haber reconocido que era perfecto, que era a la vez una obra maestra del arte y de la Naturaleza y perderla, perderla para siempre. ¡Oh! Es preciso que vaya a verlo. Me mataréis después si queréis, pero lo veré, lo veré.
-Callad, desdichado, y no os asoméis, porque aquà esta ya la escolta de Su Alteza el estatúder que cruza la vuestra, y si el prÃncipe observa un escándalo, oye un ruido, ése serÃa vuestro fin y el mÃo.
Van Baerle, todavÃa más asustado por su compañero que por sà mismo, volvió a echarse en el asiento, pero no pudo mantenerse allà ni medio minuto, y apenas acababan de pasar los veinte primeros jinetes cuando se asomó de nuevo a la portezuela, gesticulando y suplicando al estatúder, precisamente en el momento en que éste pasaba por su lado.