El Tulipan Negro
El Tulipan Negro -Entonces, señor -dijo el oficial-, ese alguien a quien vos conocéis lo ha hallado; porque eso es lo que todo Haarlem contempla en este momento, la flor que vos consideráis como inhallable.
-¡El tulipán negro! -exclamó Van Baerle asomando la mitad de su cuerpo por la portezuela-. ¿Dónde? ¿Dónde?
-Allá abajo, sobre el trono, ¿lo veis?
-¡Lo veo!
-¡Vamos, señor! -dijo el oficial-. Ahora hay que partir.
-¡Oh! Por piedad, por favor, señor -rogó Van Baerle-. No me llevéis. ¡Dejadme mirar todavía! ¡Cómo, eso que veo allá abajo es el tulipán negro, bien negro… ! ¿Es posible? ¡Oh, señor! ¿Lo habéis visto? Debe de tener manchas, debe de ser imperfecto, tal vez esté teñido de negro solamente: ¡oh!, si yo estuviera allí sabría decíroslo, señor; dejadme bajar, dejádmelo ver de cerca, os lo ruego.
-¿Estáis loco, señor?
-Os lo suplico.
-Pero ¿olvidáis que estáis prisionero?
-Soy un prisionero, es verdad, pero soy un hombre de honor; y por mi honor, señor, no me escaparé, no intentaré huir. ¡Dejadme solamente mirar la flor!
-Pero ¿mis órdenes, señor?