El Tulipan Negro
El Tulipan Negro -¿Cómo que no está? -preguntaron desde la calle los que, llegados los últimos, no podían entrar de tan llena como estaba la prisión.
-¡No! ¡No! -repetía el hombre, furioso-. No está, debe de haber huido.
-¿Qué dice ese hombre? -preguntó palideciendo Su Alteza.
-¡Oh, monseñor! Anuncia una noticia que sería muy afortunada si fuese verdad.
-Sí, sin duda, sería una afortunada noticia si fuese verdad -asintió el joven-. Desgraciadamente, no puede serlo.
-Sin embargo, mirad… -señaló el oficial.
En efecto, otros rostros furiosos, gesticulando de cólera, se asomaban a las ventanas gritando:
-¡Salvado! ¡Evadido! Lo han dejado escapar.
Y el pueblo que quedaba en la calle, repetía con espantosas imprecaciones:
-¡Salvados! ¡Evadidos! ¡Corramos tras ellos, persigámosles!
-Monseñor, parece que el señor Corneille de Witt se ha salvado realmente -observó el oficial.
-Sí, de la prisión, tal vez -respondió aquél-, pero no de la ciudad; veréis, Van Deken, cómo el pobre hombre hallará cerrada la puerta que él cree encontrar abierta.