El Tulipan Negro
El Tulipan Negro -¿Ha sido dada la orden de cerrar las puertas de la ciudad, monseñor?
-No, no lo creo, ¿quién habría dado esa orden?
-¡Pues bien! ¿Qué os hace suponer… ?
-Existen fatalidades -respondió negligentemente Su Alteza- y los más grandes hombres han caído a veces víctimas de estas fatalidades.
Ante esas palabras, el oficial sintió correr un temblor por su cuerpo, porque comprendió que, de una forma o de otra, el prisionero estaba perdido.
En aquel momento, los rugidos de la muchedumbre estallaban como un trueno, porque quedaba bien demostrado que Corneille de Witt no estaba ya en la prisión.
En efecto, Corneille y Jean, después de haber pasado el vivero, rodaban por la gran calle que conduce a la Tol-Hek, mientras recomendaban al cochero que retardara la andadura de sus caballos para que el paso de su carroza no despertara ninguna sospecha.
Pero llegado a la mitad de esta calle, cuando vio a lo lejos la verja, cuando sintió que dejaba tras él la prisión y la muerte y que tenía delante la vida y la libertad, el cochero olvidó toda precaución y puso la carroza al galope.
De repente, se detuvo.
-¿Qué ocurre? -preguntó Jean sacando la cabeza por la portezuela.