El Tulipan Negro
El Tulipan Negro -¡Oh, mis amos! -exclamó el cochero -. Es que…
El terror sofocaba la voz del animoso hombre.
-Vamos, acaba -dijo el ex gran pensionario.
-Es que la verja está cerrada.
-¿Cómo que la verja está cerrada? No es costumbre cerrar la verja durante el dÃa.
-Pues, vedlo vos mismo.
Jean de Witt se inclinó fuera del coche y vio que, en efecto, la verja estaba cerrada.
-Sigue adelante -ordenó Jean-. Llevo la orden de conmutación encima; el portero abrirá.
El vehÃculo reemprendió su carrera, pero era evidente que el cochero no azuzaba ya a sus caballos con la misma confianza.
Porque, al sacar su cabeza por la portezuela, Jean de Witt habÃa sido visto y reconocido por un cervecero que, con retraso respecto a sus compañeros, cerraba su puerta a toda prisa, para reunirse con ellos en la Buytenhoff. Lanzó un grito de sorpresa, y siguió en pos de otros dos hombres que corrÃan delante de él.
Al cabo de cien pasos se les unió y les habló; los tres hombres se detuvieron, mirando alejarse el coche, pero todavÃa no muy seguros de lo que en él se encerraba.
El coche, durante ese tiempo, llegaba a la Tol-Hek.