La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Bueno, ¿y el duque?
—¿Qué duque?
—Mi viejo celoso.
—No se enterará de nada.
—¿Y si se entera?
—La perdonará.
—¡Ah, eso sà que no! Me abandonará, ¿y qué será de m�
—Ya está arriesgándose usted a ese abandono por otro.
—¿Cómo lo sabe usted?
—Por el aviso que ha dado de que esta noche no dejen entrar a nadie.
—Es cierto; pero ése es un amigo serio.
—Que a usted no le importa mucho, puesto que le prohÃbe la entrada a tales horas.
—No es usted precisamente quien debiera reprochármelo, puesto que ha sido para recibirlo a usted y a su amigo.
Poco a poco habÃa ido acercándome a Marguerite, habÃa pasado mis manos en torno a su cintura y sentÃa su cuerpo flexible apoyarse ligeramente en mis manos entrelazadas.
—¡Si supiera cuánto la quiero! —le dije en voz muy baja.
—¿De veras?
—Se lo juro.