La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Muchas veces le entra a uno alegrÃa por una niñerÃa, y no está bien destruir esa alegrÃa, cuando, dejándola subsistir, se puede hacer más feliz aún al que la encuentra.
—¿Pero con quién cree que está tratando? Yo no soy una virgen ni una duquesa. No lo conozco más que de hoy y no tengo por qué! darle cuenta de mis actos. Y aun admitiendo que un dÃa llegara a ser su amante, ha de saber que he tenido otros amantes antes que usted. Si ya ahora empieza haciéndome escenas de celos, ¡qué será después, si ese después existe alguna vez! No he visto nunca un hombre como usted.
—Es que nadie la ha querido nunca como yo.
—Vamos a ver, francamente, ¿tanto me quiere usted?
—Creo que todo lo que es posible querer.
—¿Y desde cuándo dura eso…?
—Desde un dÃa en que la vi bajar de una calesa y entrar en Susse, hace tres años.
—¿Sabe que eso es muy hermoso? Bueno, ¿y qué tengo que hacer para corresponder a tan gran amor?
—Quererme un poco —dije, mientras los latidos de mi corazón casi me impedÃan hablar; pues, pese a las sonrisas medio burlonas con que habÃa acompañado toda aquella conversación, me parecÃa que Marguerite empezaba a compartir mi turbación y que me acercaba a la hora esperada desde hacÃa tanto tiempo.