La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —¿Con qué derecho podrÃa enfadarme?
—Bueno, pues tenÃa una buena razón para entrar sola.
—¿Cuál?
—Estaban esperándome aquÃ.
Si me hubiera dado una puñalada, no me habrÃa hecho tanto! daño. Me levanté y, tendiéndole la mano:
—Adiós —le dije.
—SabÃa que se enfadarÃa —dijo—. Los hombres rabian por enterarse de lo que va a hacerles sufrir.
—Pues le aseguro —añadà con un tono frÃo, como si hubiera querido demostrarle que estaba curado para siempre de mi pasión—, le aseguro que no estoy enfadado. Es muy natural que la; esperase alguien, como es muy natural que yo me vaya a las tres de la mañana.
—¿También a usted está esperándolo alguien en su casa?
—No, pero tengo que irme.
—Adiós, entonces.
—¿Me echa usted?
—De ninguna manera.
—¿Por qué me hace sufrir as�
—¿Que yo le hago sufrir?
—Me dice que alguien estaba esperándola.
—No he podido dejar de reÃrme ante la idea de que usted se sintiera tan feliz de verme entrar sola, cuando habÃa una razón tan buena para ello.