La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —¿Pero por qué no me lo ha dicho antes?
—¿Y cuándo se lo habrÃa dicho?
—Pues al dÃa siguiente de aquel en que me fue usted presentado en la Opera Cómica.
—Creo que, si hubiera venido a verla, me habrÃa recibido usted muy mal.
—¿Por qué?
—Porque la vÃspera me porté como un estúpido.
—Eso es verdad. Sin embargo, ya me querÃa por entonces.
—SÃ.
—Lo que no le impidió ir a acostarse y dormir tan tranquilamente después del espectáculo. Todos sabemos lo que son esos grandes amores.
—SÃ, sólo que en eso se equivoca usted. ¿Sabe lo que hice la noche de la Opera Cómica?
—No.
—La esperé a la puerta del Café Inglés. Seguà el coche que la llevó a usted y a sus tres amigos y, cuando la vi bajar Bola y entrar en su casa, me sentà muy feliz.
Marguerite se echó a reÃr.
—¿De qué se rÃe?
—De nada.
—DÃgamelo, se lo suplico, o acabaré por creer que está otra vez burlándose de mÃ.
—¿No se enfadará?