La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —¡Pero, bueno! ¿Qué diablos están haciendo aquÃ? —gritó Prudence, a quien no habÃamos oÃdo llegar y que apareció en umbral de la habitación medio despeinada y con el vestid desabrochado. En aquel desorden reconocà la mano de Gaston.
—Estamos hablando de cosas serias —dijo Marguerite Déjenos un momento, que vamos enseguida a reunirnos con ustedes.
—Bueno, bueno, sigan charlando, hijos mÃos —dijo Prudence al retirarse, cerrando la puerta como para reforzar el tono en que habÃa pronunciado las últimas palabras.
—Asà pues —prosiguió Marguerite, cuando nos quedamos solos—, estamos de acuerdo en que dejará de quererme.
—Me marcharé.
—¿Pero tan fuerte le ha dado?
HabÃa ido demasiado lejos para dar marcha atrás, y por otra parte aquella chica me trastornaba. Aquella mezcla de alegrÃa, tristeza, candor, prostitución, incluso aquella enfermedad, que en su caso desarrollaba la sensibilidad ante las impresiones como la irritabilidad de los nervios, todo ello me indicaba que, si desde el principio no adquirÃa dominio sobre aquella naturaleza ligera y olvidadiza, la perderÃa.
—¡Vamos, entonces lo dice en serio!
—Muy en serio.