La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Pues que desde que la vi, no sé cómo ni por qué, ha ocupado usted un sitio en mi vida; que, por más que he intentado arrojar su imagen de mi pensamiento, vuelve una y otra vez; que hoy, cuando he vuelto a encontrarla, después de haber estado dos años sin verla, ha adquirido usted sobre mi corazón y mi cabeza un ascendiente aún mayor; y, en fin, que ahora que me ha recibido, que la conozco, que sé todo lo que de extraño hay en usted, se me ha hecho indispensable, y me volveré loco no ya si no me ama, pero aun si no me deja amarla.
—Pero, desgraciado, debería decirle lo que decía la señora D… «Es entonces usted muy rico». ¿Pero no sabe usted que gasto seis siete mil francos al mes, y que ese gasto se me ha hecho imprescindible? ¿No sabe usted, pobre amigo mío, que lo arruinaría en nada y menos, y que su familia le prohibiría entrar en casa para enseñarle así a vivir con una criatura como yo? Quiérame mucho; como un buen amigo, pero nada más. Venga a verme,, reiremos, charlaremos, pero no exagere lo que valgo, porque no valgo gran cosa. Tiene usted buen corazón, necesita ser amado pero es excesivamente joven y sensible para vivir en nuestro mundo. Búsquese una mujer casada. Ya ve usted que soy buena chica y que le hablo francamente.