La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Yo no respondÃa nada: escuchaba. Aquella franqueza, que tenÃa casi algo de confesión, aquella vida dolorosa entrevista bajo el velo dorado que la cubrÃa, y de cuya realidad huÃa la pobre chica refugiándose en el libertinaje, la embriaguez y el insomnio, todo aquello me impresionó de tal modo, que no encontré ni una palabra.
—Vamos —continuó Marguerite—, estamos diciendo niñerÃas. Deme la mano y volvamos al comedor. Nadie tiene por qué saber el motivo de nuestra ausencia.
—Vuelva usted, si le parece bien, pero yo le pido permiso para quedarme aquÃ.
—¿Por qué?
—Porque su alegrÃa me hace mucho daño.
—Bueno, pues estaré triste.
—Escuche, Marguerite, déjeme decirle una cosa, que sin dude le han dicho muchas veces, y que de tanto oÃrla quizá ya no puede usted creer, pero que no por eso es menos cierta y que no volveré ,j decirle nunca.
—¿Y es…? —dijo con esa sonrisa propia de las madres joven cuando van a escuchar una locura de su hijo.