La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —¿Y de dónde viene esa abnegación?
—De una simpatÃa irresistible que siento por usted.
—¿Asà que está usted enamorado de mÃ? DÃgalo enseguida, el mucho más sencillo.
—Es posible; pero, si tengo que decÃrselo algún dÃa, no será hoy.
—Hará mejor no diciéndomelo nunca.
—¿Por qué?
—Porque de esa declaración no pueden resultar más que dos cosas.
—¿Cuáles?
—O que yo no lo acepte, y entonces me odiará usted, o que la acepte, y entonces tendrÃa usted una amante lastimosa; una mujer nerviosa, enferma, triste, o alegre, pero con una alegrÃa más triste que la misma tristeza; una mujer que escupe sangre y que gasta cien mil francos al año está bien para un viejo ricachón como el duque, pero es muy enojosa para un joven como usted, y la prueba es que todos los amantes jóvenes que he tenido me han abandonado bien pronto.