La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Es verdad que yo no soy nada para usted —repuse—, pero, si usted quisiera, la cuidarÃa como un hermano, no la dejarÃa y la curarÃa. Y luego, cuando tuviera fuerzas para ello, podrÃa usted volver a proseguir la vida que ahora lleva, si asà le pareciese; pero estoy seguro de que preferirÃa usted una existencia tranquila, que la harÃa más dichosa y la conservarÃa bonita.
—Esta noche piensa usted asÃ, porque tiene el vino triste, pero no tendrÃa usted la paciencia de que presume.
—PermÃtame decirle, Marguerite, que estuvo usted enferma dos meses y que durante esos dos meses vine todos los dÃas preguntar por usted.
—Es verdad; pero ¿por qué no subÃa usted?
—Porque entonces no la conocÃa.
—¿Es que hay que andar con tantas consideraciones con una chica como yo?
—Siempre hay que tenerlas con una mujer; al menos ésa es m opinión.
—¿Asà que usted me cuidarÃa?
—SÃ.
—¿Se quedarÃa usted todos los dÃas a mi lado?
—SÃ.
—¿Incluso todas las noches?
—Todo el tiempo que no la aburriera.
—¿Cómo llama usted a eso?
—Abnegación.