La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Es usted muy bueno. Pero ¿qué quiere que haga? No puedo dormir, y tengo que distraerme un poco. Y además, chicas como yo, una más o menos ¿qué importa? Los médicos me dicen que la sangre que escupo procede de los bronquios; yo hago como que los creo, es todo lo que puedo hacer por ellos.
—Escuche, Marguerite —dije entonces expansionándome sin poderme contener—, no sé la influencia que llegará usted a tener sobre mi vida, pero lo que sé es que en este momento no hay nadie, ni siquiera mi hermana, que me interese tanto como usted. Y llevo asà desde que la vi. Pues bien, en nombre del cielo, cuÃdese y no siga viviendo como ahora.
—Si me cuidara, morirÃa. Esta vida febril que llevo es lo que me sostiene. Además, cuidarse está bien para las mujeres de la buena sociedad que tienen familia y amigos; pero a nosotras, en cuanto dejamos de servir a la vanidad o al placer de nuestros amantes, nos abandonan, y a los largos dÃas suceden las largas noches. Mire, yo lo sé muy bien: estuve dos meses en la cama, y al cabo de tres semanas ya nadie venÃa a verme.