La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Porque —dijo Marguerite, liberándose de mis brazos y tomando de un gran ramo de camelias rojas comprado por la mañana una camelia que colocó en mi ojal—, porque no siempre se pueden cumplir los tratados el mismo dÃa en que se firman.
Era fácilmente comprensible.
—¿Y cuándo volveré a verla? —dije, tomándola entre mis brazos.
—Cuando esta camelia cambie de color.
—¿Y cuándo cambiará de color?
—Mañana, de once a doce de la noche. ¿Está usted contento?
—¿Y usted me lo pregunta?
—De esto, ni una palabra a su amigo, ni a Prudence, ni a nadie.
—Se lo prometo.
—Ahora béseme, y volvamos al comedor.
Me ofreció sus labios, alisó de nuevo sus cabellos, y salimos de aquella habitación, ella cantando, yo medio loco.
En el salón se detuvo y me dijo en voz muy baja: