La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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—Quizá le parezca raro que me haya mostrado tan dispuesta a aceptarlo así, enseguida. ¿Sabe a qué se debe? Se debe —continuó, tomándome una mano y colocándola contra su corazón, cuyas palpitaciones violentas y repetidas yo sentía—, se debe a que, ante la perspectiva de vivir menos que los demás, me he propuesto vivir más de prisa.

—No vuelva a hablarme de ese modo, se lo suplico.

—¡Oh, consuélese! —prosiguió, riendo—. Por poco que viva, viviré más tiempo del que usted me quiera.

Y entró cantando en el comedor.

—¿Dónde está Nanine? —dijo al ver a Gaston y a Prudence solos.

—Se ha ido a dormir a la habitación de usted, esperando que usted se acueste —respondió Prudence.

—¡Pobre infeliz! ¡Estoy matándola! Vamos, señores, retírense, ya es hora.

Diez minutos después Gaston y yo salimos. Marguerite me estrechó la mano diciéndome adiós y se quedó con Prudence.

—Bueno —me preguntó Gaston, cuando estuvimos fuera—, ¿qué me dice de Marguerite?

—Es un ángel, y estoy loco por ella.

—Me lo imaginaba. ¿Se lo ha dicho?

—Sí.

—¿Y le ha prometido hacerle caso?


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