La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias De todos los que estábamos cenando yo fui el único que se preocupó al verla dejar la mesa. Yo la seguí, me emocioné sin poder disimularlo, lloré al besarle la mano. Aquella circunstancia, unida a mis visitas cotidianas durante los dos meses de su enfermedad, pudo hacerle ver en mí un hombre distinto de todos los que había conocido hasta entonces, y quizá se dijo que bien podía hacer por un amor expresado de aquel modo lo que había hecho tantas veces, algo que ya no podía tener consecuencias para ella.
Como ve usted, todas aquellas suposiciones eran bastante verosímiles; pero, fuera cual fuese la razón de su consentimiento, lo cierto era que ella había consentido.
Pues bien, estaba enamorado de Marguerite, iba a ser mía, no podía pedirle más. Y sin embargo, se lo repito, aunque fuera una entretenida, hasta tal punto había hecho yo de aquel amor, quizá para poetizarlo, un amor sin esperanza, que, cuanto más se acercaba el momento en que ya no tendría siquiera necesidad de esperar, más dudas me entraban.
No pude pegar ojo en toda la noche.