La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Por más que me hacÃa tal reflexión, la primera impresión que mi futura amante me produjo habÃa sido tan fuerte, que sigue subsistiendo todavÃa. Yo seguÃa empeñado en no ver en ella una chica como las demás y, con era vanidad tan común a todos los hombres, estaba dispuesto a creer que ella sentÃa por mà la misma irresistible atracción que yo sentÃa por ella.
Sin embargo tenÃa ante los ojos ejemplos muy contradictorios y con frecuencia habÃa oÃdo decir que el amor de Marguerite habÃa pasado a ser un artÃculo más o menos caro según la estación.
Por otro lado, ¿cómo conciliar aquella reputación con los continuos rechazos al joven conde que vimos en su casa? Dirá usted que no le gustaba y que, como el duque la mantenÃa espléndidamente, antes de tomar otro amante preferÃa un hombre que le gustase. Pero entonces, ¿por qué no le interesaba Gaston, siendo como era simpático, ingenioso y rico, y parecÃa aceptarme a mÃ, que le habÃa dado la impresión de ser tan ridÃculo la primera vez que me vio?
Es cierto que hay incidentes de un minuto que producen más efecto que un cortejo de un año.