La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Eran las dos cuando me desperté. Hacía un tiempo magnífico. No recuerdo que nunca la vida me haya parecido tan hermosa y tan plena. Volvían a mi mente los recuerdos de la víspera, sin sombras, sin obstáculos y alegremente escoltados por las esperanzas de aquella noche. Me vestí a toda prisa. Estaba contento y me sentía capaz de las mejores acciones. De cuando en cuando el corazón me saltaba de alegría y de amor dentro del pecho. Una dulce fiebre me agitaba. Ya no me preocupaba de las razones que me habían inquietado antes de dormirme. No veía más que el resultado, no pensaba más que en la hora en que volvería a ver a Marguerite.
Me fue imposible quedarme en casa. Mi habitación me parecía muy pequeña para contener tanta felicidad; necesitaba la naturaleza entera para expansionarme.
Salí.
Pasé por la calle de Antin. El cupé de Marguerite la esperaba a la puerta; me dirigí hacia los Campos Elíseos. Amaba, aun sin conocerlos, a todos los que encontraba a mi paso.
¡Qué buenos nos hace el amor!
Llevaba una hora paseándome desde los caballos de Marly a la glorieta y desde la glorieta a los caballos de Marly, cuando vi de lejos el coche de Marguerite; no lo reconocí, lo adiviné.