La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias En el momento de doblar hacia los Campos Elíseos, mandó parar, y un joven alto se separó de un grupo donde estaba charlando y fue a charlar con ella.
Charlaron unos instantes; el joven fue a reunirse con sus amigos, los caballos reemprendieron la marcha, y yo, que me había acercado al grupo, reconocí en el que había hablado con Marguerite a aquel conde de G… cuyo retrato había visto yo y a quien Prudence señalaba como el hombre al que Marguerite debía su posición.
Era a él a quien había prohibido la entrada la noche anterior; supuse que ella había mandado parar el coche para darle la explicación de aquella prohibición, y esperé que a la vez hubiera encontrado cualquier otro pretexto para no recibirlo la noche siguiente.
Ignoro cómo transcurrió el resto de la jornada; anduve, fumé, charlé, pero a las diez de la noche no recordaba nada de lo que dije ni con quiénes me encontré.
Todo lo que recuerdo es que volví a mi casa, que me pasé tres horas acicalándome y que miré cien veces mi reloj y el de pared, que por desgracia iban los dos igual.
Cuando dieron las diez y media, me dije que ya era hora de salir.
Por entonces vivía yo en la calle de Provence: seguí por la calle del Mont-Blanc, atravesé el bulevar, tomé la calle de Luois-leGrand, la de Port-Mahon y llegué a la de Antin. Miré hacia las ventanas de Marguerite.