La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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Había luz en ellas.

Llamé.

Pregunté al portero si estaba en casa la señorita Gautier.

Me respondió que no volvía nunca antes de las once o las once y cuarto.

Miré mi reloj.

Creía que había venido muy despacio, y no había empleado más de cinco minutos para ir de la calle de Provence a la casa de Marguerite.

Así que estuve paseándome por aquella calle sin tiendas y desierta a aquella hora.

Al cabo de media hora llegó Marguerite. Bajó de su cupé mirando a su alrededor como si estuviera buscando a alguien.

El coche se fue al paso, pues en la casa no había cuadras ni cochera. En el momento en que Marguerite iba a llamar me acerqué y le dije:

—Buenas noches.

—¡Ah!, ¿es usted? —me dijo en un tono poco tranquilizador respecto al placer que le causaba el encontrarme allí.

—¿No me permitió que viniera a visitarla hoy?

—Sí, es verdad; lo había olvidado.


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