La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Aquellas palabras echaban por tierra todas mis reflexiones de la mañana, todas las esperanzas de la jornada. Sin embargo, empecé a habituarme a sus modales y no me fui, cosa que evidentemente hubiera hecho en otro tiempo.
Entramos.
Nanine había abierto ya la puerta.
—¿Ha vuelto Prudence? —preguntó Marguerite.
—No, señora.
—Ve a decir que venga en cuanto vuelva. Apaga antes la lámpara del salón y, si viene alguien, di que no he vuelto y que ya no volveré.
Tenía el aspecto de una mujer preocupada por algo y quizá molesta por un importuno. Yo no sabía qué cara poner ni qué decir. Marguerite se dirigió hacia su dormitorio; yo me quedé donde estaba.
—Venga —me dijo.
Se quitó el sombrero y el abrigo de terciopelo y los arrojó sobre la cama; luego se dejó caer en un gran sillón, al lado del fuego, que mandaba encender hasta principios de verano, y me dijo, mientras jugueteaba con la cadena de su reloj:
—Bueno, ¿y qué me cuenta de nuevo?
—Nada, sino que me he equivocado viniendo esta noche.
—¿Por qué?