La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Porque parece usted contrariada y sin duda estoy estorbando. No estorba usted; sólo que estoy un poco enferma, me he sentido indispuesta todo el dÃa, no he dormido y tengo una jaqueca horrible.
—¿Quiere que me vaya para dejarla meterse en la cama?
—¡Oh!, puede usted quedarse; si quiero acostarme, no tengo inconveniente en acostarme delante de usted.
En aquel momento llamaron.
—¿Quién viene ahora? —Dijo con un movimiento de impaciencia.
Unos instantes después volvieron a llamar.
—Por lo visto no hay nadie para abrir; voy a tener que abrir yo misma.
Y, en efecto, se levantó diciéndome:
—Espere aquÃ.
Atravesó el piso y oà abrir la puerta de entrada. Escuché.
El hombre a quien habÃa abierto se detuvo en el comedor. A las primeras palabras reconocà la voz del joven conde de N…
—¿Cómo se encuentra esta noche? —dijo.
—Mal —respondió secamente Marguerite.
—¿La molesto?
—Quizá.
—¡Cómo me recibe usted! Pero, querida Marguerite, ¿qué le he hecho yo?