La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Querido amigo, no me ha hecho usted nada. Estoy enferma y tengo que acostarme, asà que hágame el favor de marcharse. Me fastidia no poder volver por la noche sin verlo aparecer cinco minutos después. ¿Qué quiere? ¿Que sea su amante? Bueno, pues ya le he dicho cien veces que no, que me irrita usted horriblemente y que puede dirigirse a otra parte. Se lo repito hoy por última vez: No me interesa usted, ¿está entendido? Adiós. Mire, ahà vuelve Nanine; ella lo alumbrará. Buenas noches.
Y sin añadir una palabra, sin escuchar lo que balbuceaba el joven, Marguerite volvió a su habitación y cerró violentamente la puerta, por la que a su vez entró Nanine casi inmediatamente.