La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Escúchame —le dijo Marguerite—, dile siempre a ese imbécil que no estoy o que no quiero recibirlo. Ya empiezo a estar harta de ver sin cesar a esa gente que viene a pedirme lo mismo, que me pagan y que se creen en paz conmigo. Si las que se inician en nuestro vergonzoso oficio supieran lo que es, preferirÃan antes hacerse doncellas. Pero no; la vanidad de tener vestidos, coches, diamantes nos arrastra; te crees todo lo que oyes, pues la prostitución tiene su fe, y el corazón, el cuerpo, la belleza se te van desgastando poco a poco; te temen como a una fiera, te desprecian como a un paria, estás rodeada de gente que siempre se lleva más de lo que te da, y un buen dÃa revientas como un perro, después de haber perdido a los demás y haberte perdido a ti misma.
—Vamos, señora, cálmese —dijo Nanine—; está muy nerviosa esta noche.
—Este vestido me molesta —prosiguió Marguerite, haciendo saltar las presillas de su corpiño—; dame un peinador. Bueno, ¿y Prudence?
—No habÃa vuelto todavÃa, pero le dirán que venga a ver a la señora en cuanto vuelva.