La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Otra que tal —continuó Marguerite, quitándose el vestido y poniéndose un peinador blanco—. Otra que se las apaña perfectamente para encontrarme cuando me necesita y que nunca me hace gratis un favor. Sabe que espero esa respuesta esta noche, que me hace falta, que estoy intranquila, y estoy segura de que se ha ido por ahà sin preocuparse de mÃ.
—A lo mejor la han entretenido.
—Al que nos traigan el ponche.
—Va a hacerle daño otra vez —dijo Nanine.
—Mejor. Tráeme también fruta, paté o un ala de pollo, cualquier cosa, pero enseguida; tengo hambre.
Es inútil decirle la impresión que me causaba aquella escena; lo adivina usted, ¿verdad?
—Cenará usted conmigo —me dijo—; entre tanto, coja un libro; voy un momento al cuarto de aseo.
Encendió las velas de un candelabro, abrió una puerta situada al pie de la cama y desapareció.
Yo me puse a reflexionar sobre la vida de aquella chica, y mi amor aumentó con la piedad.
Estaba paseándome a grandes pasos por aquella habitación, sumido en mis pensamientos, cuando entró Prudence.
—¡Vaya! ¿Usted aqu� —me dijo—. ¿Dónde está Marguerite?
—En el cuarto de aseo.