La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —La esperaré. Una cosa, ¿no sabe que lo encuentra a usted encantador?
—No.
—¿No se lo ha insinuado?
—En absoluto.
—¿Y cómo está usted aqu�
—He venido a hacerle una visita.
—¿A las doce de la noche?
—¿Por qué no?
—¡Farsante!
—Pues me ha recibido muy mal.
—Verá como ahora lo recibe mejor.
—¿Cree usted?
—Le traigo una buena noticia.
—No tiene importancia. ¿Asà que le ha hablado de m�
—Anoche, o por mejor decir esta noche, cuando se fue usted con su amigo… A propósito, ¿cómo está su amigo? Gaston R…, creo que se llama asÃ, ¿no?
—Sà —dije, sin poder dejar de sonreÃr, al recordar la confidencia que Gaston me habÃa hecho y ver que Prudence apenas sabÃa su nombre.
—Es simpático ese muchacho. ¿Qué hace?
—Tiene veinticinco mil francos de renta.