La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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—¡Ah!, ¿de veras? Bueno, pues, volviendo a usted, Marguerite me ha interrogado acerca de usted; me ha preguntado quién era, qué hacía, qué amantes había tenido; en fin, todo lo que puede preguntarse sobre un hombre de su edad. Le he dicho todo lo que sé, añadiendo que es usted un muchacho encantador, y eso es todo.

—Se lo agradezco; ahora dígame qué fue lo que le encargó a usted ayer.

—Nada; lo dijo para que se fuera el conde, pero hoy sí que me ha encargado algo, y esta noche le traigo la respuesta.

En aquel momento salió Marguerite del cuarto de aseo: traía coquetamente puesto el gorro de dormir adornado con manojos de cintas amarillas, llamados técnicamente borlas.

Estaba encantadora de aquel modo.

Llevaba en sus pies desnudos zapatillas de raso, y acababa de arreglarse las uñas.

—Bueno —dijo al ver a Prudence—, ¿ha visto al duque?

—¡Pues claro!

—¿Y qué le ha dicho?

—Me lo ha dado.

—¿Cuánto?

—Seis mil.

—¿Los tiene ahí?

—Sí.


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