La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —¿ParecÃa contrariado?
—No.
—¡Pobre hombre!
Aquel «¡pobre hombre!» fue pronunciado en un tono imposible de describir. Marguerite cogió los seis billetes de mil francos.
—Ya era hora —dijo—. Querida Prudence, ¿necesita dinero?
—Ya sabe, hija mÃa, que dentro de dos dÃas estamos a 15: si pudiera prestarme trescientos o cuatrocientos francos, me harÃa un gran favor.
—Mande a buscarlos mañana por la mañana, ahora es muy tarde para ir a cambiar.
—No se olvide.
—Descuide. ¿Cena con nosotros?
—No, me está esperando Charles en casa.
—¿Pero sigue usted tan loca por él?
—¡Chiflada, querida! Hasta mañana. Adiós, Armand.
La señora Duvernoy salió.
Marguerite abrió su secreter y echó dentro los billetes de banco.
—¿Me permite que me acueste? —dijo sonriendo y dirigiéndose hacia la cama.
—No sólo se lo permito, sino que se lo ruego.
Retiró hacia los pies de la cama la colcha de guipur que la cubrÃa y se acostó.