La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias No ocurría así con Marguerite. Llegaba a los Campos Elíseos siempre sola en su coche, donde intentaba pasar lo más desapercibida posible, cubierta con un gran chal de cachemira en invierno, y con vestidos muy sencillos en verano; y, aunque en su paseo favorito se encontrara con mucha gente conocida, cuando por casualidad les sonreía, su sonrisa sólo era visible para ellos, y una duquesa hubiera podido sonreír así.
No se paseaba desde la glorieta a los Campos Elíseos, como lo hacen y lo hacían todas sus compañeras. Sus dos caballos la llevaban rápidamente al Bosque. Allí bajaba del coche, andaba durante una hora, volvía a subir a su cupé, y regresaba a su casa al trote de sus caballerías.
Todas aquellas circunstancias, dé las que yo había sido testigo algunas veces, desfilaban ante mí, y me dolía la muerte de aquella chica, como duele la destrucción total de una hermosa obra.
Y es que era imposible ver una belleza más encantadora que la de Marguerite.