La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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De mí sé decir que ya no recordaba cómo había vivido hasta la víspera. Todo mi ser se exaltaba de alegría al recuerdo de las palabras intercambiadas durante aquella primera noche. O Marguerite era muy hábil para engañar, o sentía por mí una de esas pasiones súbitas que se revelan desde el primer beso, y que a veces mueren también como han nacido.

Cuanto más pensaba en ello, más me decía que Marguerite no tenía ninguna razón para fingir un amor que no hubiera sentido, y me decía también que las mujeres tienen dos formas de amar, que pueden proceder una de otra: aman con el corazón o con los sentidos. Muchas veces una mujer toma un amante, obedeciendo solamente a la voluntad de los sentidos, y, sin habérselo esperado, , descubre el misterio del amor inmaterial y no vive más que para su corazón; otras veces una joven que sólo busca en el matrimonio la unión de dos afectos puros recibe la súbita revelación del amor físico, esa enérgica conclusión de las más castas impresiones del alma.

Me dormí en medio de aquellos pensamientos. Me despertó una carta de Marguerite, que contenía estas palabras:

Aquí tiene mis instrucciones: Esta noche en el Vaudeville. Venga durante el tercer entreacto.

M. G.


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