La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Guardé la nota en un cajón, con el fin de tener siempre la realidad a mano en caso de que me entraran Judas, como me sucedía por momentos.
Como no me decía nada de que fuera a verla durante el día, no me atrevía a presentarme en su casa; pero tenía tantas ganas de encontrarme con ella antes de la noche, que fui a los Campos Elíseos, donde, como el día anterior, la vi pasar y volver.
A las siete ya estaba yo en el Vaudeville.
Nunca había entrado tan pronto en un teatro.
Todos los palcos fueron llenándose uno tras otro. Sólo uno quedaba vacío: el proscenio de platea.
Al empezar el tercer acto oí abrir la puerta de aquel palco, del que no quitaba ojo, y apareció Marguerite.
Pasó enseguida a la parte delantera del palco, buscó por el patio de butacas, me vio y me dio las gracias con la mirada.
Estaba maravillosamente hermosa aquella noche.
¿Era yo la causa de aquella coquetería? ¿Me quería lo suficiente para creer que cuanto más hermosa me pareciera más feliz sería? Aún no lo sabía; pero, si tal había sido su intención, lo había conseguido, pues, cuando apareció, las cabezas ondularon unas hacia otras, y hasta el actor que se hallaba en escena en aquel momento miró a la que turbaba de aquel modo a los espectadores con su sola aparición.