La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Y yo tenÃa la llave del piso de aquella mujer, y dentro de tres o cuatro horas iba a ser mÃa otra vez.
Se vitupera a los que se arruinan por actrices y entretenidas; lo sorprendente es que no hagan por ellas veinte veces más de locuras. Hay que haber vivido, como yo, esa vida, para saber cómo las pequeñas vanidades de cada dÃa que proporcionan a su amante van soldando fuertemente en el corazón —pues no tenemos otra palabra— el amor que uno siente por ella.
Prudence se acomodó luego en el palco, y un hombre, en quien reconocà al conde de G…, se sentó al fondo.
Al verlo, un escalofrÃo me traspasó el corazón.
Sin duda Marguerite se dio cuenta de la impresión que me habÃa producido la presencia de aquel hombre en su palco, pues me sonrió de nuevo y, dando la espalda al conde, pareció seguir la obra con mucha atención. En el tercer entreacto se volvió, dijo dos palabras, el conde abandonó el palco, y Marguerite me hizo una seña para que fuera a verla.
—Buenas noches —me dijo cuando entré, tendiéndome la mano.
—Buenas noches —respondÃ, dirigiéndome a Marguerite y a Prudence.
—Siéntese.
—No quisiera quitar el sitio a nadie. ¿No va a volver el señor conde de G…?