La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —SÃ; lo he mandado a comprar bombones para que pudiéramos charlar solos un instante. La señora Duvernoy está en el secreto.
—SÃ, hijos —dijo ésta—; pero no os preocupéis, que no diré nada.
—¿Qué le pasa esta noche? —dijo Marguerite, levantándose y yendo hasta la sombra del palco para besarme en la frente.
—No me siento muy bien.
—Entonces será mejor que vaya a acostarse —repuso con aquel aire irónico que tan bien le iba a su rostro delicado y ocurrente.
—¿Adónde?
—A su casa.
—Bien sabe usted que allà no podrÃa dormir.
—Entonces no venga aquà arrugándonos el morrito porque ha visto un hombre en mi palco.
—No era por eso.
—Claro que sÃ, bien sé yo lo que me digo; y usted está equivocado, asà que no hablemos más de esto. Vaya después del espectáculo a casa de Prudence, y quédese allà hasta que yo lo llame. ¿Entendido?
—SÃ.
¿Acaso podÃa desobedecer?
—¿Sigue queriéndome? —prosiguió.
—¡Y usted me lo pregunta!
—¿Ha pensado en m�