La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Entonces empecé a lamentar los términos de mi carta; hubiera debido callarme completamente, y eso sin duda la hubiera obligado en su inquietud a dar el primer paso; pues, al no verme acudir a la cita de la víspera, se habría preguntado las razones de mi ausencia, y sólo entonces hubiera debido dárselas. De ese modo ella no habría podido hacer otra cosa que disculparse, y lo que yo quería era que se disculpara. Sentía ya que habría creído cualquier razón que hubiera pretextado, y que habría preferido cualquier cosa antes que no volver a verla.
Llegué a creer que vendría ella misma a mi casa, mas pasaron, las horas y no vino.
Decididamente Marguerite no era como las demás mujeres, pues hay pocas que, recibiendo una carta como la que yo acababa de escribir, no respondan algo.
A las cinco corrí a los Campos Elíseos.
«Si me encuentro con ella —pensaba—, afectaré un aire a indiferente, y se convencerá de que ya no pienso en ella».
Al doblar por la calle Royale, la vi pasar en su coche; el encuentro fue tan brusco, que palidecí. Ignoro si vio mi emoción; yo estaba tan turbado, que no vi más que su coche.
No seguí mi paseo hasta los Campos Elíseos. Miraba los carteles de los teatros, pues aún me quedaba una oportunidad de verla.