La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias HabÃa un estreno en el Palais-Royal. Evidentemente Marguerite asistirÃa a él.
A las siete ya estaba yo en el teatro.
Se llenaron todos los palcos, pero Marguerite no apareció.
Dejé entonces el Palais-Royal y entré en todos los teatros adonde iba ella más a menudo, el Vaudeville, el Variétés y la Opera Cómica.
No estaba en ninguno.
O mi carta la habÃa apenado demasiado para andar ocupándose de espectáculos, o temÃa encontrarse conmigo y querÃa evitar una explicación.
Eso era lo que mi vanidad me iba soplando por el bulevar, cuando me encontré con Gaston, que me preguntó de dónde venÃa.
—Del Palais-Royal.
—Y yo de la Opera —me dijo—; por cierto, creà que lo verÃa a usted allÃ.
—¿Por qué?
—Porque estaba Marguerite.
—¿Ah, estaba all�
—SÃ.
—¿Sola?
—No, con una amiga.
—¿Y nadie más?