La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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—El conde de G… ha estado un momento en su palco; pero ella se ha ido con el duque. A cada instante creía que iba a verlo aparecer a usted. Había a mi lado una butaca que ha estado vacía todo el tiempo, y estaba convencido de que estaba reservada para usted.

—¿Pero por qué voy a ir yo donde va Marguerite?

—¡Pardiez, pues porque es usted su amante!

—¿Y quién se lo ha dicho?

—Prudence, que me la encontré ayer. Lo felicito, amigo mío; es una linda amante que no la tiene todo el que quiere. Consérvela, que ella lo honra.

Aquel simple comentario de Gaston me demostró cuán ridículas eran mis susceptibilidades.

Si me lo hubiera encontrado el día anterior y me hubiera hablado así, desde luego no habría escrito la estúpida carta de la mañana.

Estuve a punto de ir a casa de Prudence y de enviarla a decir a Marguerite que tenía que hablar con ella; pero temía que por vengarse me respondiera que no podía recibirme, y volví a mi casa después de haber pasado por la calle de Antin.

Pregunté otra vez al portero si había alguna carta para mí.

¡Nada!

«Habrá querido ver si daba otro paso y si hoy me retractaba de mi carta —pensé al acostarme—, pero, al ver que no le escribo, me escribirá mañana».


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