La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Aquella noche sobre todo me arrepentí de lo que había hecho. Estaba solo en mi casa, sin poder dormir, devorado de inquietud y de celos, cuando, de haber dejado que las cosas siguieran su verdadero curso, hubiera debido estar al lado de Marguerite, oyéndole decirme las encantadoras palabras que sólo había oído dos veces y que en mi soledad me abrasaban los oídos.